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Ammerman, A. (1981). Extracto de Surveys and Archaeological Research. |
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PROSPECCIONES TEMPRANAS. Para introducir el tema veamos brevemente los casos de prospecciones tempranas que fueron, según estándares modernos, absolutamente modestos en sus objetivos de investigación. El momento crucial en la historia de las prospecciones arqueológicas es generalmente dado al estudio de Willey en el valle Virú, que inició el estudio de los patrones del asentamiento. Reconocimiento es el término que quizás describe lo mejor posible muchos de los trabajos tempranos de prospección. Se conocía relativamente poco de sitios y restos arqueológicos en muchas áreas del mundo, y descubrimientos importantes se podían hacer simplemente por medio de exploración. Cartografiar territorios previamente no reconocidos no requirió de trabajo sistemático. Pero hubo también algunas prospecciones tempranas que tuvieron un matiz moderno, como el estudio de Spier (129) en la ruina de Zuni en 1916, que se concentró sobretodo en la cronología. Con el tiempo, se adoptó una aproximación más sistemático al descubrimiento y al registro de sitios, de modo que hacia la década de los años 30 un cuerpo sólido del proyectos de prospección estaban en progreso. Junto al desarrollo del lado empírico de prospecciones, se prestó mayor atención a formular preguntas de la investigación en términos regionales. Esto se refleja en las prospecciones clásicas del período tales como el trabajo por Braidwood en el llano de Antioquía (19), el de Beals y colegas en el noreste Arizona (12), y el de Phillips y compañeros de trabajo en el valle bajo del Mississippi (88). La prospección pionera de Willey en el valle de Virú, Perú, fue hecha poco después de la guerra en 1946. La idea de estudiar los patrones del asentamiento, el uso de configuraciones del asentamiento reconstruir a instituciones culturales, había sido abordados por sugerencia del Steward. Era poco claro, en ese entonces, cómo se debía realizar tal estudio e incluso si era o no productivo. Como menciona Willey (147) en su narración retrospectiva de la prospección del valle de Virú, pensó en ese entonces que había sido desfavorecido al encargarlo de la prospección, en comparación con otras líneas de investigación más prometedoras en el amplio proyecto. La prospección en sí fue facilitada por la notable preservación de sitios y por el disponibilidad de fotografías aéreas que permitieron registrar más de 300 asentamientos, cerca de un cuarto de los sitios en el valle, durante una sola temporada. El informe inicial fue preparado con Ford (45), y el final el informe sobre el prospección fue publicado en 1953 (145). El resto es historia. El interés en los estudios de patrones de asentamiento se desarrolló rápidamente, como atestigua el volumen sobre patrones de asentamiento prehistóricos en el Nuevo Mundo, que fuera editado por Willey (146) y publicado en 1956. Los capítulos en este volumen eran muy estimulantes pero parecen ser en muchos casos algo prematuros: la unión entre los viejos datos obtenidos de varias regiones del Nuevo Mundo y la nueva perspectiva no aparece ser enteramente satisfactoria. Otra característica llamativa del libro, por lo menos para el lector moderno, es el escaso uso de mapas de distribución en el desarrollo de las discusiones basadas en patrones de asentamiento. El capítulo que merece la mención especial es el de la conclusión de Vogt (141), en el que una síntesis de los estudios de patrones de asentamiento es bosquejado desde el punto de vista de un etnólogo. Vale la pena agregar como nota histórica a pie de página que al comentar al capítulo de Sanders (113), Vogt se adelanta al tiempo, de una manera casi profética, a cuando suficiente información esté disponible para escribir una monografía de la secuencia de desarrollo cultural del valle de México. Lo que es importante sobre la opinión de Vogt es que toca varias tópicos teóricas sobre estudios de patrones de asentamiento que sería abordado sólo mucho más tarde por arqueólogos y antropólogos. (151). Una limitación de la prospección original del valle de Virú era que había sido hecho en una sola temporadas más que como proyecto de varios años. Este último habría permitido más de una oportunidad para resolver algunas de las implicaciones de la nueva perspectiva para estudiar patrones de asentamiento en el contexto del mismo valle de Virú. Es también desafortunado que esta nueva metodología no haya sido adoptada activamente y refinado en otras partes de Perú hasta mucho más tarde (81). Para seguir el hilo de pensamiento de Willey sobre el estudio de patrones de asentamiento, es necesario aproximarse a los proyectos hechos en los asentamientos prehistóricos Maya en el valle de Belice entre 1954 y 1956. El informe final, así como la documentación comprensiva de los resultados del proyecto, incluyen reflexiones de Willey sobre los objetivos generales de los estudios de patrones de asentamiento y de las clases de evidencia requeridas para tales estudios. Demasiada confianza en los datos de prospección había sido una de las críticas
presentadas en contra del estudio del valle de Virú. Hay una cierta ironía en el hecho que
la mayoría del trabajo en el campo en el valle de Belice consistió en realidad
de excavaciones en el sitio del Barton Ramie. Implícitamente, las metas de
los estudios de patrones de asentamiento estaban probablemente más allá del alcance
de los datos observado únicamente por medio de una prospección. En su discusión de los
problemas de investigación
tratados por el proyecto, Willey los separa en dos niveles: el primario que incluía preguntas básicas tales como la forma y la función de edificios
y la relación entre los componentes del asentamiento y el medioambiente natural,
y el secundario, implicando inferencias de una orden más alta. Este
último incluiría preguntas tales como la densidad demográfica, patrones de
la utilización del suelo y potencial agrícola, y el grado de urbanismo en una región.
Un rasgo común de prospecciones más recientes es que han fijado a menudo sus
objetivos en preguntas que pertenecen al segundo nivel y han asumido que
preguntas del primer nivel se resolverían solos a su debido tiempo.
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Alongside the development of the empirical side of surveys, increasing attention was paid to formulating research questions in regional terms. This is reflected in classical surveys of the period such as the work by Braidwood on the Antioch Plain (19), that of Beals and co-workers in Northeast Arizona (12), and that of Phillips and co-workers in the Lower Mississippi Valley (88). Willey's pioneering survey of the Virú Valley of Peru was done just after the war in 1946. The idea of studying settlement patterns, the use of settlement configurations to reconstruct cultural institutions, had been taken up at the suggestion of Steward. It was, in fact, far from clear at the time how such a study should be carried out and even whether or not it would be productive. As Willey (147) mentions in his retrospective account of the Virú Valley survey, he thought at the time that in being given the survey to do, he had been dealt a bad hand in comparison with the other more promising lines of investigation of the wider project. The actual survey was facilitated by the remarkable preservation of sites and by the availability of aerial photographs which made it possible to record more than 300 sites, about one-quarter of the sites in the valley, during a single season. An initial report was prepared in conjunction with Ford (45), and the final report on the survey was published in 1953 (145). The rest is history. Interest in settlement pattern studies developed rapidly, as is attested by the volume on Prehistoric Settlement Patterns in the New World, which was edited by Willey (146) and appeared in 1956. The chapters in this volume are stimulating but seem in many cases to be premature: the marriage between old data drawn from various regions of the New World and the new perspective does not appear to be an entirely satisfactory one. Another striking feature of the book, at least for the modern reader, is the sparing use of distribution maps in the development of arguments based on settlement patterns. The chapter that deserves special mention is the concluding one by Vogt (141), in which an overview of settlement pattern studies is sketched from the point of view of an ethnologist. It is worth adding as a historical footnote that in commenting on Sanders chapter (113), Vogt looks forward to the time, in an almost prophetic way, when enough will be known to write a full-scale monograph on the sequence of cultural developments in the Valley of Mexico. What is important about Vogt's appraisal is that he touches on several theoretical issues with regard to settlement pattern studies that would only be taken up much later by archaeologists and anthropologists. (151). One constraint on the original Virú Valley survey was that it had been done over a single field season rather than as a multiyear project. The latter would have allowed more of an opportunity for working out some of the implications of the new settlement pattern approach within the context of the Virú Valley itself. It is also unfortunate that this new lead was not actively taken up and refined in other parts of Peru until apparently much later (81). In order to follow the course of development of Willey's own thinking on the study of settlement patterns, it is necessary to turn to the project done on prehistoric Maya settlements in the Belize Valley between 1954 and 1956. The final report, as well as documenting comprehensively the results of the project, includes Willey's reflections on the general aims of settlement pattern studies and the kinds of evidence required for such studies. Too much reliance on survey data had been one of the criticisms leveled against the Virú Valley study. There is some irony in the fact that the bulk of the fieldwork in the Belize Valley actually consisted of excavations at the site of Barton Ramie. By implication, the goals of settlement pattern studies were presumably beyond the scope of being realized by means of survey work alone. In his discussion of the research problems dealt with by the project, Willey separates them on two tiers: a primary one which would include basic questions such as the form and function of buildings and the relationship between settlement components and the natural environment, and a secondary one involving higher order inference. The latter would include such questions as population density, patterns of land use and agricultural potential, and the extent of urbanism in a region. A common feature of more recent surveys is that they have often set their sights on questions belonging to the second tier and assumed that questions on the first tier would take care of themselves as a matter of course. 12. Beals, R. L., Brainerd, G. W., Smith, W. 1945.
Archaeological Studies in Northeast Arizona. Univ. Calif Publ. Am. Achaeol.
Ethnol. 44. 236 pp.
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